LA ORDEN PERSEGUIDA

EL CASO GUADALAJARA

  • Por Julio Martinez

Actualmente, varias realidades históricas se encuentran rodeadas por el misterio. La Masonería o los Illuminati son claros ejemplos de ello. Pero también se deben mencionar otras organizaciones que son célebres debido a su pasado legendario. Una de las más conocidas son los Templarios, que se constituyeron como una Orden militar cristiana que estuvo vigente entre inicios del siglo XII y comienzos del XIV.

Pero, ¿qué hay de realidad sobre lo que se ha dicho en torno a ella? No se puede responder a esta pregunta sin hablar de sus orígenes. Y, con este fin, hay que remontarse a finales del siglo XI, cuando se produjo la Primera Cruzada, que se saldó con la conquista de Jerusalén. A pesar de esta circunstancia, no se consiguió reducir la inseguridad que sufrían los peregrinos que acudían a los santos lugares.

“Para resolver el problema, un pequeño grupo de caballeros cruzados decidió establecer una asociación o cofradía en 1119. […] El rey de Jerusalén les concedió como cuartel general el área del antiguo templo hebrero de la ciudad. De ahí, el nombre con el que la naciente entidad empezó a ser conocida: La Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón”, confirma el profesor de la UNED Carlos Barquero Goñi.

Hugo de Payns primer gran maestre templario
Hugo de Payns primer Gran Maestre Templario

Sin embargo, el empeño inicial de los monjes no dio resultados instantáneos a nivel estructural. Todo lo contrario. Los templarios no vieron aumentar su número. Razón que impulsó al primer gran maestre, Hugo de Payns, a viajar al occidente europeo –junto a cinco compañeros– para recabar apoyos. Corría el año 1128.

Sus gestiones debieron ser muy provechosas, porque la entidad consiguió el reconocimiento eclesiástico en el Concilio de Troyes, celebrado ese mismo año. E, incluso, obtuvo el sostén de San Bernardo de Claraval –una de las principales figuras de la época–, quien realizó la primera versión de la Regla de los Templarios. Fue una norma que, entre otros elementos, “estableció la forma en la cual los caballeros deberían comportarse en su cotidianidad, tanto en su vida de monje como de soldado”, asegura el especialista Jorge Pérez Fuentes.

Bernardo de Claraval redactor de la regla del temple
Bernardo de Claraval 

“A partir de entonces, la Orden empezó a tener más éxito y experimentó un vertiginoso desarrollo”, asegura Carlos Barquero Goñi. Una relevancia progresiva que ayudó a que en 1139, el papa Inocencio II “confirmase” definitivamente a la mencionada organización. Este reconocimiento llevó asociado una exención de la jurisdicción episcopal, por lo que el Temple pasó a ser dependiente directo del poder vaticano.

De esta manera se constituía oficialmente la primera orden religioso-militar de la historia de la Iglesia. “De hecho, sirvió como prototipo y modelo para las otras entidades similares que fueron naciendo durante los siglos XII y XIII”, subraya Carlos Barquero Goñi.
Una importante evolución.

Este poderío templario no sólo se observó en su rápido reconocimiento pontificio. También en su trayectoria. “Desde muy pronto, la Orden se convirtió en un gran poder. A partir de mediados del siglo XII no sólo escoltaba a los peregrinos, sino que se transformó en una de las principales fuerzas militares permanentes del reino cruzado de Jerusalén”, confirma el docente de la UNED.

Simultáneamente, la autoridad política de estos guerreros de la cruz también fue en ascenso, llegándose a constituir como “un poder prácticamente autónomo” dentro de Jerusalén, aseguran los expertos.

Pero, ¿cómo fue posible esto? “El éxito de los templarios durante los siglos XII y XIII tuvo mucho que ver con su buena conexión con los ideales e intereses de la sociedad de la época. Las órdenes militares en general y la del Temple en particular personificaban las cruzadas, un fenómeno muy popular en el periodo”, confirma Carlos Barquero Goñi.
De hecho, se produjeron multitud de donaciones a esta organización, por lo que también reunió un inmenso patrimonio que se repartía en diversos territorios europeos. “Estas propiedades fueron estructuradas y agrupadas paulatinamente en encomiendas y provincias dentro de la organización de la Orden”, indica el profesor de la UNED.

 

El principio del fin

Empero, el florecimiento de esta organización religioso-militar comenzó a desvanecerse a finales del siglo XIII. Una realidad que, algunos especialistas, han vinculado con el desprestigio que comenzaban a sufrir las cruzadas, debido a los sucesivos fracasos que se cosecharon durante las mismas.

A pesar de ello, desde el Temple insistieron en su cometido. A inicios del XIV sus miembros impulsaron diversas incursiones en las costas sirias y palestinas, aunque sin éxito. Sin embargo, el golpe de gracia ya estaba asestado. Estos últimos movimientos, junto con el poder político y económico que habían amasado durante siglos, habían provocado la aparición de “rumores malintencionados” en torno a la Orden.

Ante esta situación, y para poder atajar estos bulos, el que fue último gran maestre de la entidad, Jacques de Molay, solicitó al pontífice el inicio de una pesquisa oficial, que comenzó en agosto de 1307. Una circunstancia que fue aprovechada por el rey francés Felipe IV para intervenir, con el fin de aprehender a los templarios existentes en territorio galo.

Jacques de Molay último maestre templario

El mencionado apresamiento se desarrolló simultáneamente en toda Francia. Más concretamente, el 13 de octubre de 1307 al romper el alba. “Los senescales, bailíos y prebostes del rey, acompañados de sus hombres de armas, procedieron a cercar las casas de la Orden y arrestar a todos los caballeros, clérigos y sirvientes que eran miembros de la misma, ocupando y apoderándose de todos sus bienes”, señaló el medievalista Gonzalo Martínez Díez en uno de sus libros.

De hecho, este especialista aseguraba que la actuación del monarca fue todo un éxito. Nadie se la esperaba. No existió ni una sola filtración que pusiera en alerta a los afectados. “La sorpresa fue total en los cientos de casas que el Temple tenía esparcidas por Francia”, aseguraba. Por ello, los frailes aprehendidos estuvieron en torno al millar. “Oficialmente, sólo 12 no cayeron en manos de los esbirros del rey francés, probablemente por hallarse ausentes de sus casas o de viaje”, agregaba Martínez Díez.

Los detenidos “fueron acusados por la monarquía francesa de los delitos que más asustaban a la sociedad europea de la época: apostasía, idolatría y homosexualidad”, confirma Carlos Barquero Goñi. “El documento también preveía que tras la detención, los oficiales reales debían secuestrar los bienes del Temple”, añade.

 

Caballero templario
Caballero Templario

 

Sin embargo, muchos expertos muestran sus dudas en torno a la limpieza de las acciones emprendidas en contra de estos monjes. “Hay unanimidad en señalar que el conjunto del proceso judicial fue bastante defectuoso. Sobre todo, en el caso de Francia, donde hubo un uso sistemático de la tortura en los interrogatorios”, asegura Carlos Barquero Goñi.

Una dureza de trato que provocó que los templarios admitieran haber cometido todos los delitos de los que se acusaba. “Esto no fue sorprendente. Los monjes guerreros estaban preparados para sufrir una muerte más o menos inmediata en defensa de la fe a manos de los musulmanes. En cambio, no se encontraban entrenados para resistir los desgastadores efectos de un encierro prolongado y de la intimidación continuada con el uso de la tortura”, subraya el profesor de la UNED.

En cualquier caso, las confesiones acabaron haciendo mella en el gobierno papal. De hecho, Clemente V ordenó a los monarcas de la cristiandad que apresaran a todos los templarios. Lo hizo el 22 de noviembre de 1307 a través de la bula «Pastoralis preeminentiae». Un documento en el que también se exigía que se secuestraran todos los bienes de los monjes guerreros hasta que se dilucidara si eran culpables o inocentes.

El resultado final de este proceso fue la disolución de la Orden por parte del papa durante el concilio de Vienne en 1312. “Clemente V celebró un consistorio secreto […]. En el mismo, cuatro quintos de los presentes votaron por la supresión de los templarios”, subrayaba el medievalista Gonzalo Martínez Díez. Poco después, se daba lectura a la bula «Vox in excelso», que confirmaba la abolición de Orden en toda la Cristiandad.

“En cuanto al espinoso asunto del antiguo patrimonio templario, Clemente V decidió incorporarlo a la otra orden militar internacional, el Hospital, para que siguiera cumpliendo con su primitiva función de apoyo a la cruzada”, relata Barquero Goñi.

La única excepción a esta disposición fueron los reinos ibéricos, que se acogerían a una decisión pontificia posterior. La mencionada exclusión temporal fue logro de los negociadores aragoneses de Jaime II, que no eran favorables al incremento de poder que estaba teniendo la cofradía sanjuanista en sus dominios.

Sin embargo, en los territorios peninsulares, gran parte de este patrimonio también fueron a manos de los hospitalarios o sanjuanistas, aunque fue un proceso que no estuvo exento de problemas. No sólo por las arduas negociaciones entre el pontificado y los reyes ibéricos. También porque muchas de las posesiones templarias acabaron bajo la tutela de otras órdenes peninsulares, que eran más manejables por las autoridades regias.
– Pero, la actual imagen mistérica que persigue a los templarios, ¿a qué puede deberse?

– El hecho de que la Orden del Temple tuviera un final tan escandaloso impactó mucho en la memoria colectiva –concluye Carlos Barquero Goñi–. Fue la causa de que después, con el tiempo, se atribuyera a los monjes guerreros todo tipo de leyendas sin ningún tipo de rigor ni fundamento histórico.

Los Templarios en la Península Ibérica

Castillo templario de Ponferrada
Castillo templario de Ponferrada

La Orden del Temple llegó hasta los reinos ibéricos en el siglo XII, poco después de su fundación. Inicialmente, y como ocurrió en el resto del occidente europeo, pensaban que la Península les podría servir como una suerte de retaguardia que les brindara aprovisionamientos naturales y humanos.

Sin embargo, y debido a las guerras que se estaban manteniendo contra el poder árabe en la época, el territorio ibérico también se convirtió en frente de batalla. “Tras algunos titubeos, los templarios pasaron a colaborar de forma activa en el proceso de expansión militar cristiana a costa del Islam en la Península durante los siglos XII y XIII”, relata profesor de la UNED Carlos Barquero Goñi en uno de sus trabajos académicos.

Sin embargo, la distribución de la presencia de estos religiosos por territorios se caracterizó por su disparidad. Por ejemplo, en Aragón fue más relevante que en Castilla, debido a que en éste último territorio también tenían mucha relevancia otras órdenes militares, como Santiago, Calatrava y Alcántara.

En cuanto a la persecución de los templarios en el espacio castellano, fue más lenta que en el resto de Europa. Se inició con retraso. Una circunstancia que ocurrió debido a las circunstancias políticas que atravesaba el reino, que impedían atender otros compromisos más allá de los relativos a la política interior.

No será hasta finales de 1309 cuando se ponga en marcha la maquinaria judicial eclesiástica en Castilla contra los templarios, atendiendo a las bulas papales de agosto del año anterior. En las mismas, el pontífice nombraba las comisiones que se encargarían de “la investigación de las personas y del secuestro de los bienes del Temple”, aseguraba el medievalista Gonzalo Martínez Díez en uno de sus libros.

Los interrogatorios tuvieron lugar en abril de 1310 en Medina del Campo, actual provincia de Valladolid. “Todas las respuestas exculpaban a la Orden, al maestre y al conjunto de los templarios de Castilla y de León”, narraba el especialista Martínez Díez. A pesar de ello, la treintena de templarios asistentes fueron declarados presos.
Sin embargo, y atendiendo a las fuentes, esta pena “fue meramente simbólica, pues inmediatamente fueron puestos de nuevo en libertad bajo palabra de estar en todo momento a disposición de los comisarios pontificios”, concluía Martínez Díez.

 

 

Bibliografía

Barquero Goñi, Carlos. “El proceso de los templarios en Europa y sus repercusiones en la Península Ibérica (1307-1314). Primera parte. Estudio”. Clío & Crimen: Revista del Centro de Historia del Crimen de Durango, 6 (2009), 294-343.

Martínez Díez, Gonzalo. Los templarios en la Corona de Castilla. Burgos: La Olmeda, 1993.

Pérez Fuentes, Jorge. “Las religiones mistéricas y el mundo iniciático de los templarios”. Non nobis: Tradición, Filosofía y Enigmas Templarios, 2 (2013), 38-63.

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